Mostrando las entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas

11/4/15

Juegos



Hoy lo he logrado. Llegué a pensar que sería imposible, dada la primera parte de mi vida casi imperceptible por lo opaca, ya que, desde pequeño tuve que soportar en silencio el bullying de mis compañeros de juegos y de estudios. Lo que más recuerdo son sus risas ufanas ante mis continuas caídas y rendiciones mansas que también provocaron mi timidez y aislamiento y que alejaron de mi lado para siempre al mundo femenino.
Cuando comencé a trabajar en una oficina, mi mente ya estaba deformada. Un “buenos días” y un “buenas tardes” era mi léxico habitual y rehuía temeroso cualquier intento de amistad, pues, estaba seguro que sólo querían reírse de mí. Mis días eran iguales y se apilaban sobre mí con una cadencia inflexible.
Quise huir de ese embrutecimiento cotidiano y comencé a jugar con la computadora por internet. Al principio y según mi personalidad me concentraba en juegos de un solo participante. Sin embargo, al hacerme más ducho, busqué juegos que se compartían a través de la voz.
Cuál fue mi sorpresa al notar que no era el “cabeza de turco” pues el anonimato había roto el esquema de sumisión y me igualaba a los otros jugadores. No solo me igualaba, sino que en juegos de guerra espacial, mi habilidad, don de mando y visión estratégica eran reconocidas y me buscaban para comandar las escuadras.
Me apodaba Capitán Uranio y flotas enteras atacaban a mi señal, desaparecían en tormentas de fuego sistemas solares completos y, viajando en el tiempo a través de los agujeros negros, sorprendíamos al enemigo por detrás.
Esta segunda fase de mi vida invirtió mis esfuerzos, sólo los juegos contaban y mis horarios se acomodaron, poco a poco, al huso horario de mis subordinados. El trabajo, las comidas y el sueño, se transformaron en medios que proveían a la subsistencia para estar en línea.
En esos momentos de espera entre ataques o asechanzas hablábamos de cualquier tema o, en medio del furor de una batalla, estallaba una maldición llena de amargura cuando aumentaba el Lag, tornando lentos nuestros reflejos electrónicos. Pasado el tiempo, cuando ya habíamos conquistado media galaxia nos convencimos de nuestra amistad y conformamos la “Legión Valquiria”. La integraban los tenientes “Dark Maul”, “Master Chief”, “Tie01”, el benjamín del grupo “Piecito” y yo.
      Decidimos conocernos personalmente y, si bien todos nos sabíamos un poco antisociales, no nos sorprendió elegir entre las propuestas el Hotel Mandarín Oriental en Hong Kong, ya que esas multitudes protegerían nuestro anonimato.
Huérfanos de familia por vocación, decidimos que la fecha fuera el 31 de diciembre al mediodía. Nos encontraríamos en el restaurant del hotel luciendo la insignia del grupo: el Sistema Solar apoyado sobre una nave híper lumínica.
Todavía recuerdo el shock que nos produjo el vernos por primera vez. Cada uno con su tara, nos sentimos desnudos sin nuestros avatares, sordos sin los auriculares y mudos sin los micrófonos. La decepción campeaba y mientras almorzábamos apenas intercambiamos los datos de nuestros perfiles. Lo que creímos sería una reunión de amigos terminó en un unánime silencio. En lugar de gallardos héroes que conquistaban la galaxia nos encontramos gordos, pelados, imberbes o ancianos y todos sobre endeudados por el costo del viaje y el alojamiento.
En el avión de vuelta advierto que mi vida ha comenzado por tercera vez. Efectivamente, al romperse la ilusión no podía seguir al mando de la “Legión Valquiria” y por eso comenzaré el juego desde el principio, como simple recluta con un nuevo avatar y nuevos datos. Sin embargo he aprendido una lección y cuando conquiste (esta vez sí, la galaxia completa), la emprenderé con otra y otra.
Siempre al mando solitario y sin amigos hasta que mi cuerpo sin vida se enfríe sobre el ordenador, mientras millones de mundos electrónicos me rinden su homenaje póstumo.

Carlos Caro

Paraná, 28 de marzo de 2015
 Descargar PDF: http://cort.as/USq-


4/4/15

¿Engaño existencial?




Ni siquiera percibí la separación. Me encontré ascendiendo lentamente en el oscuro dormitorio y, recién al llegar al techo, lo extraño de la situación me hizo volver la cabeza para ver mi cuerpo acostado en la cama. Me unía a él el cordón de plata, tal y como mencionaban los libros, y con ello me di cuenta que lo veía desde mi cuerpo astral.
Me pareció un don inmerecido el que lo hubiera logrado tras tan pocos años de meditación y estudios. Ya en mi adolescencia me había consustanciado con el budismo tibetano a través de las obras de Lobsang Rampa que me mostraron las técnicas del viaje astral y, para los dotados, la apertura del tercer ojo.
Una prima mayor, que resultó predecesora en este camino, me indicó que mediante esa pequeña trepanación de cráneo en la frente, esas personas podían ver el aura de las demás. El brillo y los colores de ésta podían indicar problemas de salud y la limpieza o carga de pecados del alma.
Mientras rebotaba de una pared a otra, rememoré que tras muchos años volví a encontrarme con aquella prima. Para ese entonces el budismo sólo  había sido un sueño olvidado de juventud y dedicada mi atención a mi vida terrenal. Sin embargo, ella encontró la iluminación en esa senda y, durante una noche de confidencias, me abrió su alma y me demostró el poder de su concentración.
Antes de despedirnos sin saber de reencuentros, me confió una traducción, hecha por ella, de un antiguo manuscrito tibetano.  En él, me dijo, encontraría el camino hacia el cuerpo astral y finalmente, con una sonrisa, sólo se fue sin decir adiós. Ahora entiendo el por qué. Mi cuerpo astral se despereza y sé que con él puedo viajar en la distancia y en el tiempo que desee, y así reencontrarnos en cualquier momento enredando, jubilosos, nuestros cordones de plata -éstos no se deben cortar ya que el alma quedará vagando por la eternidad y el cuerpo material morirá-. Debo practicar para poder usarlo. Otro de sus poderes consiste en ocupar seres vivientes, ya sea tomando el control o solo habitándolo como testigo.
Atravieso las paredes como si fueran de humo y me uno a la noche y a una luna cuya luz opaca a la del cordón. Al instante me divisó una gata vagabunda (los felinos son los únicos animales que nos ven) que bostezaba sin inmutarse. Entro en su cuerpo y el mundo se aclara por su visión nocturna, siento el potencial de sus garras escondidas y la suavidad de su pelo. Recorro su reino de tapiales y terrazas, siseo con furia y erizo el lomo al encontrar algún invasor y corro equilibrista tras una presa.
Al amanecer transmigro hacia un perro callejero. La vista no es buena pero percibo todo por los olores y, recién despierto, troto por las calles solitarias haciendo sonar mis uñas contra la vereda. Mi cola batiente muestra una simpatía que busca comida. Entretanto, le ladro con fingida furia a cada auto que pasa; es uno de mis entretenimientos preferidos. Como ninguno repara en mí, de la furia paso al despecho y levanto mi pata prolijamente ante cada neumático de los que están estacionados. Un resabio de mi mente humana me dice que es un comportamiento territorial, sin embargo, son tantos los territorios marcados que mi brújula flaquea.
No importa. Mis orejas se yerguen atentas y mi hocico rastrea el aire. Se acerca una de las presas que justifican mis días. No me conoce, sigue confiado. Al pasar a mi lado, muestro mis dientes y ladro amenazante, simulo atacarlo y le “tarasconeo” los tobillos; vacila asustado, pierde el rumbo y casi se cae. Mientras se aleja hacia su trabajo, pedaleando sin tregua en la bicicleta, me maldice, pues no sabe leer la sonrisa en mi larga lengua que lo despide.
De pronto  me crecen alas de golondrina y, batiéndolas furiosas, me uno a mis congéneres que todavía revolotean en círculos sobre la ciudad. Cuando el sol lo marca, nos dispersamos al unísono hacia los verdes de los alrededores en busca del sustento. El atardecer indicará la danza contraria que nos hará girar antes de posarnos hasta el otro día. En pos de ese momento, vuelo sobre mi casa y el cordón me reclama; caigo como una piedra que traspasa el techo y me uno a mi cuerpo que se levanta para ir a trabajar.
Olvido todo mientras me afeito. No sé si ha sido un sueño, pero recuerdo una vez más con amargura que algún día deberé confesarle a mi prima que Lobsang Rampa se llamó en realidad, Cyril Henry Hoskin, nació en Inglaterra y nunca estuvo en el Tíbet. 

Carlos Caro

Paraná, 29 de marzo de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USpO


2/4/15

Mar



El pequeño barco, apurado, surca las aguas, se ha separado de los demás y su temor se nota en los nervios de su timonel quien, no sabe ya a qué santo encomendarse. Había partido temprano en el mañana junto con la flotilla de pesca, pues es la época precisa y todo el pueblo vive de ella. 
 
Fue muy buen día y la pesca excelente, pero sin embargo ahora el cielo se ha oscurecido por la tormenta que lo sigue como un enorme oso negro enfurecido que ocupa todo el horizonte, lo persigue con saña llena de rayos que producen sus rugidos y que muestran el océano como colmillos que buscan destrozarlo.
Ya las olas se levantan convirtiéndose en montañas que dejan ver entre ellas sus fauces. Esas que el Capitán trata de evitar exigiendo a los motores que le impulsen a la cima de la ola. Lo ha logrado. Cabalga sobre ella sin victoria, la misma agua salada que le ha curtido la cara y encanecido los cabellos es la que le deja ver con desaliento la siguiente y la otra y… toda las otras.
Sabe que llegar a puerto será una dura batalla, pero como todo marino, nació para esta lucha. Él es el fiel que con su voluntad y arrojo señala al mar como una madre que provee el sustento o, vencido, lo muestra como una muerte de sepultura anónima.
Por un instante piensa en su compañera, que acunando a su hijo se preocupa ante la ventana que azota la misma lluvia salada que se estrella contra los vidrios de su cabina. Con calma le pide a esa lluvia en un susurro de viejos enemigos, que como un favor, le haga llegar sus palabras de aliento y de amor. En ese instante y con sorpresa lo ilumina, todavía lejana, la luz del faro.
No tiene dudas, ese milagro va unido al llanto de su hijo que resuena con locura en su mente, de modo que, con un suspiro le da las gracias a la vieja contrincante por el amparo que así le presta. Deja de temer, es la naturaleza y aunque le toque matarlo, él también es parte de ella.
Divisa la entrada, un poco más y se aquieta el zafarrancho al entrar a la pequeña bahía. Es el último en llegar y mientras se dirige hacia su amarradero, lo reciben las sirenas de las otras naves, cantan de júbilo por él y como revancha por algún padre, tío o hermano al que el mar no dejo llegar.
Mientras realiza las maniobras terminales, una ola asesina que lo ha perseguido con saña le da alcance y levanta orgullosa la embarcación. Se escucha el grito enojado del capitán al sentirse traicionado antes de estrellarse contra el muelle y un trueno vuelve silencio los gritos de los demás.

Carlos Caro
Paraná, 13 de marzo de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USqM