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10/4/15

Receta para una fiesta



Encontré el CD que tanto te gustaba en una búsqueda descabellada leyendo las portadas de cientos de ellos, ordenados en prolijas pilas de diferentes alturas. Atestaban ese pequeño lugar y sólo distinguía las diferentes torres por el género: melódicos, jazz, caribeños, tangos, modernos y actuales. Esto me explica el extraño dúo que lleva adelante el negocio: los modernos terminan en el dos mil con el abuelo y los actuales comienzan en el dos mil trece con el nieto. Podrían esperarse desavenencias, pero no, y ambos parecen felices con el acuerdo.
No es un establecimiento que te gana por la estética. Descascaradas paredes de colores indistinguibles, polvo por doquier y laberínticos camino entre las pilas de CDs. Sin embargo, es el más conocido de la ciudad; si hay algún CD que te falte, allí estará, claro…, si lo encontrás. Para mí fue fácil ubicar el tuyo en melódicos, le agregué otros para que se sintiera acompañado, luego husmeé en modernos y conseguí varios de los Beatles.
 Intento que todo sea como antaño, por eso, mientras no estás, he revisado todo, pulido la plata, limpiado la losa, lavado y planchado los manteles. También he preparado los candelabros y comprado velas, desempolvado ese bellísimo par de copas afiligranadas de oro, por si queremos hacerlo más íntimo.
 En un frenesí imaginado de juventud, he recorrido la ciudad buscando las mejores viandas y los mejores vinos. Sé que falta mucho tiempo pero no puedo con mi ansiedad. Esta noche llego, pruebo y cambio de lugar las lámparas del living y las del comedor, quiero el tono de luz exacto. Cuando lo obtengo, me desplomo en un sillón y mis ojos despiertan en aquella noche.
Se conmemora con un gran baile una fecha patria. De estricta etiqueta, las mujeres de largo y los hombres de traje, chaleco, pañuelo y pequeña flor o escarapela en el ojal de la solapa. En cuando entramos, la luz te sonroja y te hace  brillar entre las otras. Tu vestido, que ahora aletea y gira en la luz, no logra opacar tus ojos. Sigo con ansias lo profundo de tu escote en la espalda y me dejan sin aliento, empequeñecido, esos preciosos zapatos de altos tacos aguja. Todo da vueltas en trozos de charlas, canapés y champán. Es un barullo de flores multicolores que sonríen y charlan. Y que ya el alcohol me hace confundir.
Se aparta por fin la gente y suena el primer vals. Si hay algo que nos gusta es dejarnos ir girando sobre el parquet; dos, tres veces nos dejan disfrutar hasta que comienzan con los melódicos. Me abochorno porque mi brazo no sabe qué hacer con tu espalda tan desnuda y mis labios tiemblan al borde del beso junto a tu cálida mejilla. Nuevos ritmos vienen en mi ayuda y con su bailar separados reponen apenas mi auto dominio. La fiesta sigue en olas de febril actividad y otras de relativa calma.
Ya se juntan en los pasillos menos transitados los palotinos. Son, en general, jóvenes sin pareja que han bebido más allá del poder humano pero que, siendo de buenas familias, esto no se debe notar, por eso el mote, parecen palotes inertes; si les das un piquete en el ojo no lo sienten, ni siquiera intentes quitarle la copa de la mano y por mucho que quieras, tampoco pierden la verticalidad.
Regreso superponiendo las vistas de aquel salón y de mi casa. Me queda la duda de cómo sonará la música de modo que cargo tu CD en el equipo de música y, mientras ajusto el volumen y los graves, mis pies se mueven solos a su son. Ese fue el comienzo del horror: patino y casi caigo, revoleo el control remoto y, al ir en su búsqueda, bajo la cabeza y caen mis lentes. Por eso tomo el control al revés y hago sonar los cientos de watts de potencia que, imagino, tienen los parlantes. El aturdimiento me paraliza y sólo reacciono a los  violentos  golpes de los vecinos sobre la puerta. Apago todo y, más tarde, escarmentado, pienso que las pruebas del sonido solo las haré en horas de trabajo. No dejaré que esos esclavos de la rutina mengüen los sentimientos que revivirán nuestras canciones durante la fiesta.

Carlos Caro
Paraná, 13 de diciembre de 2014
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9/4/15

Inspiración (recurso)



Hay veces que la inspiración no llega o llega a destiempo, cuando uno no está preparado. Sin ella, los escritos no tienen dirección y, como una veleta sin viento, van girando sin rumbo ora aquí, ora allá. El autor languidece en la espera o se deja tentar por los fuegos fatuos de repetirse.
Hay repeticiones permitidas y hasta obligadas, por ejemplo, caminar. Casi todos mis personajes lo hacen. En el mismo rubro incluyo a los que corren, a los que cojean o a los que trastabillan y también a los que creen que transitan por las nubes. La diferencia está en el por qué, ya que de esto depende su propósito en cada cuento.
Como persiste la ausencia de temas, me fijo en las “Últimas noticias” del  periódico del día. La más pequeña reseña puede ser la punta de un hilo para desovillar. La sección “Policial” me provee de la intriga o el horror, según se trate de un robo de joyas o de una pelea que ha terminado con el cuchillazo final. Con un poco de imaginación, detectaré al instante el crimen de calidad y lo separaré como a la paja del trigo de esa maraña de simples hurtos.
Macabro, y sin entender el motivo sigo las “Necrológicas”, debe ser el respeto que provocan estas columnas de crucecitas. A mi edad las recorro como puntuando una lista: aparecen parientes,  amigos y, a veces, hasta enemigos. A los obituarios de estos últimos, los leo completos aprendiendo con una extraña fascinación cómo se transforman en ángeles las malas personas. De ahí me ha nacido la idea de que la muerte es una especie de lavandina social. En cuanto cruzas esa línea, la muerte actúa sobre el alma al igual que la lavandina en las telas eliminando las manchas y ésta queda blanca y brillante ante los demás; sin embargo no creo que actúe frente al momento de rendir cuentas.
De aquí salto a “Sociales” y me doy cuenta cuánto ha crecido la ciudad. En los matrimonios no logro asociar el apellido de los novios con alguno de los muertos de hoy o de antes. Las nuevas modas se imponen y tampoco puedo emparejar los bautismos con las bodas anteriores, así son las cosas, hay bautismos sin boda.
En “Deportes” es fútbol, más fútbol y fútbol: lo sabemos todo de cada partido, de la posición de cada club en el campeonato, de cada jugador y de la vida privada de cada jugador. A veces por lástima aparecen dos líneas con los resultados del rugby, del tenis o del hockey (femenino, por supuesto). 
Llego a “Política”, lo advierto enseguida por el berenjenal de nombres y partidos que me confunde. Si pierdo las noticias de un solo día, es como si en la batalla naval me dijeran “agua”. Ya no sabría hacia dónde disparar en el siguiente turno. Antes, los candidatos se mantenían en un mismo partido o, a lo sumo (como se dice), nacían en la izquierda para jubilarse en la derecha, pero siguiendo el debido escalafón. Sin embargo, ahora los postulantes eligen la mejor oferta y se van con el partido que más le convenga. Éstos tampoco duran mucho: nacen como arroyos de opinión, se unen con otros por las bases programáticas y, cuando en busca de un cargo público, se hacen afluentes de partidos más grandes, desaparecen diluidos por la ideología de los mismos.
El diario se agotó como una cantimplora vacía en medio del desierto, de modo que deberé esperar el de mañana para encontrar al fin esa esquiva inspiración.

Carlos Caro

Paraná, 9 de marzo de 2015

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7/4/15

Cenas



Hoy es de esos domingos en que no encuentro nada que hacer, ya me ha pasado antes y sé, que si porfío en ocuparme, terminaré destrozando algo. Mi edad ha esclavizado al tiempo y con la semana me basta y sobra para poner en orden mi mundo. Esa inmensidad se ha reducido de continente, país y ciudad a: plaza, calle y hogar. Recorro la casa de una punta a la otra como un tigre en su jaula, toco enseres y muebles, acaricio libros y fotos, en una búsqueda de nuevos recuerdos y anécdotas. En efecto, a medida que se apilan los años, más y más los rescato de mi pasado. 

Los roperos y armarios me derrotan en este propósito con sus ropas escondidas ¿Cómo deshacerme del traje que usé al casarme en el registro civil? ¿Cómo hacerlo con las ya inútiles corbatas? Algunas de seda y de los más variados colores. Los cajones por el contrario parecen florecer cuando los abro, me abarrotan con sus contenidos que desparramo curioso, aquí y en mi memoria.

En el comedor encuentro los grandes manteles que usábamos en las cenas importantes cuando agregábamos las extensiones a la mesa y hasta diez personas tenían lugar. Blancos o crema los vestíamos con herencias: los platos de la más fina porcelana y las copas de cristal tallado que parecían llenas de estrellas; ni siquiera el centro de mesa hecho con las más hermosas flores del jardín podía competir con ellas. Completaba el escenario la platería del tío Luis quien porfiado nos la había regalado como presente de bodas. Pobre tío, qué molesto que estaba aquel día; luego del civil no hubo fiesta ni “boda”, solo escapamos riendo hacia la luna de miel. 

En cuanto corría un poco de vino, las inhibiciones retrocedían y avanzaban las risas. Una cálida sensación de amistad nos unía, algunas veces se aprovechaba para hacer algún negocio pero en general, se compartían chismes de los presentes y maledicencias de los ausentes. Las voces seguían el ciclo de la bebida, aumentaban y se superponían hasta el clímax que indicaba la prudencia y entonces aparecía el café, los ánimos se calmaban y comenzaban a gotear las despedidas. 

Los años pasaron y extraño esas cenas, no sé por qué dejamos de hacerlas, formábamos un lindo grupo. Nos hemos ido alejando…, claro, medito sarcástico, algunos lo hicieron tan lejos como hasta el cementerio. Eso me da la idea, como sobreviviente de la batalla pasaré lista y si son más los caídos, propondré hacerlas otra vez en el mismísimo camposanto para estar todos juntos nuevamente.  

Esperaremos la noche más oscura, con fantásticos lobos que aúllen a una luna inexistente, tentaremos al diablo con los remedos de nuestras almas y vanas promesas, quizás hasta consiga algún zombi; usaremos desafiantes varios candelabros de velas rojas y, al brindar, sabremos que en la realidad o la fantasía, seamos humanos o fantasmas, estemos del lado que estemos las cenas nos acogerán.

Carlos Caro

Paraná, 29 de octubre de 2014 

Descargar PDF: http://cort.as/USo8 


6/4/15

El bote



Me despierto de improviso en un lugar desconocido, blanco, se balancea y hay un olor y golpeteo que, si bien sé conocidos, no consigo identificar. Con desconfianza solo muevo mis ojos y extrañado me encuentro en el fondo de un gran barca. El olor y el golpeteo son sin duda del mar. Me pongo de pie tambaleante no solo por el vaivén de la lancha si no por el gran chichón que me deforma la frente. Pensé encontrar allí un cuchillo clavado, tal era el dolor, y mis dedos recorren tantean y laceran la hinchazón.
Con los ojos apretados por un sol sin escondites, sigo al mar azul oscuro hacia todos los horizontes. No hay nada ni nadie. Me concentro en la embarcación: blanca, grande y de gruesas maderas, seis remos y tres tablas que hacen de asientos, proa y popa que, tras pequeñas puertas, sugieren escondidos almacenes de vituallas. Intento recordar la fecha, pero con un  nuevo miedo descubro que no recuerdo ni siquiera mi nombre; más aún, ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí ¿Aquí dónde? Desespero.
Cuando ese otro sol que confunde mi cerebro se vuelve una sorda palpitación, comienzo a recorrer la embarcación. Efectivamente el baúl de popa contiene salvavidas, un gomón y una pistola de señales. El de proa es el que más me alegra, está lleno a rebosar de latas y viandas de comida pero, sobre todo, contiene dos bidones de agua dulce. Mientras mastico sin cesar algunas galletas, trasiego agua alienado por la sed. En cuanto me siento mejor, me detengo bruscamente; alarmado, recuerdo que en libros y películas he visto que lo que más se cuida es el agua ya que la del mar no se puede beber. De inmediato hago raciones. De comida es fácil, hay mucha. El problema es con el tamaño de las raciones de agua ya que no sé el término del viaje.
Ya repuesto, estudio la situación: de mala a malísima. Debo estar muy lejos de la costa pues ni siquiera las gaviotas se ven por aquí. Aunque no sé de qué me serviría pues tampoco conozco mi rumbo ya que lo único roto en el baúl de popa es la brújula. Más que enojarme pienso que ha sido alguien misericordioso con un náufrago condenado a la demencia. También encuentro un sextante de bronce, parece un aparato muy importante, pero el problema es que no tengo la más mínima idea de cómo se usa.
Mis días pasan tranquilos. Con el gomón y algunos remos, he construido un refugio que me protege de ese sol desorbitado: un día amanece por un lado y al siguiente por el otro. Una breve tormenta me permitió recoger agua y, con ello, reponer la consumida y algo de mi cordura. Los días parecen tener más horas, cada una más aburrida que la otra, y ya ni siquiera marco la cuenta que iba llevando, sólo se apilan sobre mi alma.
Sin recordar nada todavía, te he llamado Azucena. Primero te hablaba durante horas de lo que debió ser mi vida pasada. Sin embargo, ahora, más acostumbrado, oigo tu chispeante voz. Me cuenta cosas sencillas, de todos los días, de esos días que ya no vivo. Tus sonrisas son más blancas que la chalana, y tus risas provocan las mías produciendo una algarabía que aquí se debe escuchar a kilómetros de distancia. Mis comidas saben mejor con tus especias y llenar el cuaderno de bitácora todas las noches se ha vuelto una grata tarea si vos sostenés la vela. Por fin, buscando dónde está la luna, apelotono una manta y apoyo allí mi cabeza, pienso que está sobre tu regazo y para dormir miro la estela blanca mientras, con amor, acaricias mis cabellos.
Así, sin vida, apoyado en tu falda, seré encontrado algún día y esa gente necia pensará que mi sonrisa no es para vos, que solo es mera locura.

Carlos Caro
Paraná, 18 de diciembre de 2014
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5/4/15

Edipo




            Mi mamá me ama, frase que ha sido la promotora del complejo de edipo masculino desde que la docencia se hizo cargo de la educación, totalmente parcial, olvida los anhelos de las niñas que deben buscar otras teorías que expliquen el enamoramiento hacia sus padres. Hago un paréntesis en el discurrir de estos pensamientos, dejo el escribir, pierdo la vista en el jardín soleado y recuerdo.
 Salgo corriendo de la escuela, vestido con guardapolvo blanco, junto a otros cientos de escolares; la gran avenida del frente nos contiene como represa y nos desparramamos como lago en espera de la luz roja del semáforo para cruzar. Descubro a mamá, con sorpresa, entre esa multitud, ¿qué hace aquí?, no es común que venga a buscarme. No importa, me alegro de verla y corro hacia ella con un brazo en alto, haciéndole señas, para que me distinga y no se vaya sin mí.
En otro tiempo y ciudad, su cara se transforma, pierde la sonrisa y con un rictus de fastidio me persigue enojada con la sandalia amenazante. He hecho ruido durante la siesta y como guardia pretoriana del sueño de mi padre me depara un justo castigo.
Un pájaro en el jardín tironea de una lombriz y me distrae; vuelvo la cabeza y veo a mamá en mi mente como entonces ocupar con una gran fuente de ravioles en sus manos, el marco completo de la puerta de la cocina. La familia entera espera ilusionada ese rito de los domingos, aun casado, seguí asistiendo a  esas maratónicas reuniones llenas  de novedades, chismes y carcajadas.
La vida y la fortuna nos sonreían y como un viento divino nos impulsaban. Es extraño cuan fácilmente olvidamos nuestra condición humana y Dios o el destino nos la recuerdan inclementes. Me siento culpable, hace demasiado tiempo que no visito a mis padres, que no me acerco al panteón familiar del cementerio.
Vuelvo a sentir ese peso en el pecho, oprimido por la necesaria losa de olvido que terminó con mi juventud y me permitió seguir adelante cuando ambos murieron ¿Cómo llegué hasta aquí?, me pregunto. Pues…, con treinta años vividos en balde, haciendo lo debido y sin escuchar al corazón.
 Ahora me redimo con apenas una hoja de papel y un bolígrafo de plástico, retomo la frase escolar ya siendo padre y, escribiendo, puedo entender sus desvelos, sus cuidados y también mi amor por ella que encuentra la grieta en la losa y florece de nuevo borrando años. La edad me ha dado la certeza y con ella sé, que aunque no la vea, está junto a mí y, en cuanto termine mi camino en este mundo, nos reuniremos todos nuevamente.
— ¿No?
Como un alegre fantasma luciendo como entonces, congelada en el tiempo, cierra las cortinas para que el sol no me encandile.
— ¿Tampoco?
 Ya se hace la hora del almuerzo y, molesta, la aparición me quiere apartar para colocar el mantel en la mesa.
—Por Dios, mamá, no te viene bien ningún final ¿No me vas a dejar terminar el cuento?
FIN.

Carlos Caro/MJ
Paraná, 14 de noviembre de 2014
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